Las sociedades latinoamericanas parecen divididas de manera irremediable. En Uruguay ha resultado electo presidente Lacalle Pou por la escasa diferencia de 35.000 votos. En Chile se alternan la coalición hegemonizada por el socialismo y la hegemonizada por la derecha con una diferencia que nunca alcanza los 10 puntos. En las presidenciales de Argentina se ha impuesto Fernández al presidente saliente por 48 a 40 % de los votos.
Pareciera que nuestras sociedades están conformadas por grupos antagónicos que persiguen distintos objetivos. Hay abundante literatura económica, sociológica y política que intenta, con diversa suerte, explicar ese fenómeno.
Desde las opciones autodenominadas populares o progresistas se cree que los medios masivos de comunicación reproducen la ya conocida “falsa conciencia” y hacen que los votantes se inclinen por opciones de derecha que los terminarán, irremediablemente, perjudicando a partir de su modelo de concentración de la riqueza. Desde la otra orilla se cree que la población es seducida por transferencias de ingresos que no son acordes a los esfuerzos que las personas así favorecidas realizan para incrementar la riqueza social, y que ese drenaje de recursos impide que toda la sociedad alcance el bienestar que merece.
Pero si pudiéramos superar el prisma que colorea la realidad para cada uno de nosotros, podríamos sorprendernos al constatar que los deseos de esos votantes son mucho más homogéneos de lo que pensamos a primera vista. En primer lugar, todos aspiran a un futuro mejor. En segundo lugar, entienden que, en una sociedad donde a muchos bienes y servicios se accede a través del dinero, la clave será mejorar sus ingresos. En tercer lugar, parecen compartir un criterio de justicia que no justifica ventajas para los ricos ni para los pobres.
Si lo pensamos desde este punto de vista, la división de nuestras sociedades pareciera, más bien, que se expresa a la hora de elegir los medios con que se pueden alcanzar esos objetivos. Mayor distribución o menor gasto público, regulaciones que velen por la calidad de la vida social o libertad de mercado, mejores sueldos o menos impuestos, valor agregado o extractivismo.
La discusión política se reduce, así, a una discusión sobre los medios, nunca sobre los fines. Ni sombra de sospechas que la felicidad entendida como aumento permanente del consumo pudiera ser inalcanzable, o sólo alcanzable para algunos ocasionando la ruina de muchos otros.
Claro que no todos los medios llevan al mismo resultado. El modelo implementado en la Argentina en los últimos cuatro años, basado en la transferencia de ingresos de toda la sociedad hacia algunos de los grupos –no todos– que detentan el poder económico, ha producido resultados desastrosos: pobreza generalizada, endeudamiento público y privado, cierre de empresas y comercios, gerontocidio de ancianos a los que se los privó de servicios esenciales, y sigue la lista. Lo mismo ocurre con Piñera en Chile o Duque en Colombia.
En América Latina sigue creciendo la desigualdad, más lentamente cuando gobiernan alternativas populares y aceleradamente cuando gobiernan sectores privilegiados. La protesta en Chile, la huelga general en Colombia, la última elección presidencial en la Argentina son una reacción a esa deriva regional. Pero no nos saca del problema porque, en realidad, seguimos discutiendo sobre medios.
La idea expresada por el actual presidente argentino de que existiría una “ética de las prioridades” puede ser una buena puerta de entrada a la discusión sobre los fines.
Diciembre, 2019