Clima de época

Cada época tiene su clima. Al menos, eso percibimos nítidamente las personas que vivimos en regiones con cuatro o dos estaciones bien marcadas. Es así que en el litoral marítimo de Argentina estamos acostumbrados a que alrededor de la festividad de Santa Rosa –30 de agosto– se sucedan tormentas de diversa intensidad. Estas constituyen la vengativa despedida del invierno vencido y, a la vez, la esperanza de la inminente primavera.

Es así que entre el 12 y el 14 de septiembre de este año de 2016 hubo alertas meteorológicos por la formación de un ciclón sobre el mar, al sur de la ciudad de Mar del Plata. Efectivamente, el meteoro sucedió dejando la secuela de árboles caídos, vehículos destruidos, vidrios rotos, calles anegadas y, por fortuna esta vez, sin causar víctimas humanas.

Tal era la violencia esperada –y luego concretada– del fenómeno climático, que las autoridades de varias ciudades de la costa decidieron suspender las clases para no exponer a riesgo a los niños. Hasta ahí todo parece razonable, pero…

El martes 13 por la mañana, oyendo en Buenos Aires una radio de alcance nacional, escucho a una periodista criticar la medida de suspensión de clases. Su argumento fue que esa no es una medida que debe tomar el Estado, que corresponde a cada padre evaluar a qué riesgos está dispuesto a someter a sus hijos y decidir en consecuencia.

Entonces relacioné el clima natural de la época con el clima social de la misma, donde los intereses colectivos tienden a desaparecer en beneficio de una supuesta libertad individual. El Estado aparece como sospechoso de impedir nuestra felicidad en la medida que se meta en temas tan personales como si enviar o no los niños a clase. Esta época parece insistir en la necesidad de que el Estado sea austero y solo se dedique a garantizar las condiciones para que los quieren invertir puedan ganar buena plata ya que, de esta manera como se ha dicho tantas otras veces en el pasado, la riqueza así obtenida se derramará sobre todos. El resto lo deben decidir las personas: qué es lo que quieren consumir, de qué trabajar, como acceder a vivienda, salud y educación, si enviar o no los niños a clase cuando ocurre un ciclón, son todos problemas individuales, cada cual verá.

La crítica a un Estado que para preservar la integridad de los niños suspende las clases nos retrotrae a un estadio prehumano. Todo animal tiene una serie de recursos para percibir el peligro y en algunos grupos esa posibilidad es colectiva. Luego cada individuo pondrá en marcha los recursos con que cuente para enfrentar esa situación. Como bien explicó el evolucionismo, aquellos individuos con respuestas menos adecuadas no perdurarán como ejemplares de la especie.

No se trata ni de un problema de signo político, es conocido que en algunos de estos municipios de la costa bonaerense gobiernan actualmente grupos muy convencidos de la necesidad de “achicar” el Estado, reducir drásticamente sus funciones y liberar así recursos y mano de obra para “los negocios”. Se trata más bien de la genuina opción entre cultura y animalidad, entre cuidado colectivo o sálvese quien pueda.

En fin, que creo –como quizás una parte creciente de la sociedad argentina– que es necesario agregar al alerta meteorológico un alerta cultural: la reproducción impune de un paradigma antihumano nos llevará cada vez más a la pérdida creciente de humanidad, cuales quieran sean los argumentos legitimadores de ese discurso. Esta vez, parece, la primavera necesita de nuestra ayuda.

Página y media – nota escrita en Septiembre de 2016

emiliopauselli@gmail.com

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