Estos últimos dos años se han sucedido acontecimientos penosos para el futuro inmediato de América Latina. En la Argentina se impuso una alianza neoliberal y en pocos meses de gobierno ya ha aumentado la pobreza –y en el otro polo, la riqueza– de manera alarmante. En Bolivia la posibilidad de extender el liderazgo de Evo Morales fue interrumpida por el resultado negativo de la consulta popular. En Brasil se mató –sólo falta la fecha del funeral– la democracia representativa que reemplazó a los gobiernos autoritarios en la región cuando unas decenas de personas decidieron lo contrario a lo decidido por millones de votantes. Pero el golpe más duro estaba esperando: la sociedad colombiana se expresó en contra del proceso de paz destinado a finalizar una guerra interna cincuentenaria.
Después de unos días estamos recuperando el habla. No queremos usar estas palabras para indicar que el pueblo colombiano está dividido y el porcentaje por el que no se pudieron ratificar los acuerdos de paz fue ínfimo, tampoco que pesó el voto de los núcleos urbanos donde ya hace muchos años que no se sienten los efectos directos de la guerra, menos aún que sólo fue a votar el 40 por ciento de los ciudadanos habilitados ni que la campaña por el “No” fue engañosa y mal intencionada. Tampoco insistiremos en la incapacidad de la aristocracia santista para liderar un proyecto de país. Todo eso es sabido y no agrega nada nuevo.
Queremos decir que en el plebiscito se enfrentaron una idea de lo que era conveniente –firmar la paz– con una idea de lo que era justo: no establecer un acuerdo que evitara el juzgamiento de los crímenes de la guerra. Claro que aquí nuevamente la fascinación de las explicaciones políticas y sociológicas vuelve a gritar: “después de 50 años de conflicto todos los sectores están implicados en los crímenes de la guerra”. Pero esa evidencia supone un discernimiento que no es el que estuvo activo al momento de votar: por ejemplo, nunca se habló de los crímenes de las fuerzas armadas, incluido el período en que Santos fue ministro de defensa. Muchos colombianos se inclinaron por el “no” por considerar que con ese acuerdo de paz se estaba cometiendo una injusticia o se iba a permitir que se cometiera en el futuro. No se dijo no a la paz, se dijo no a la injusticia probable, porque la coalición de las fuerzas contrarias a la paz logró instalar ese eje en la discusión.
Conveniencia versus justicia dividió a la sociedad colombiana. La dinámica del interés enfrentada a la dinámica del ideal sigue fracturando a las sociedades latinoamericanas. Los líderes del gobierno saliente en la Argentina se siguen preguntando, perplejos, cómo pudo ser que la sociedad votara una opción a todas luces más inconveniente para sus posibilidades de consumo y no encuentran mucha más explicación de que “fueron engañados por los medios de prensa”. Lo que nos tiene perplejos es que en esta coyuntura histórica las fuerzas renovadoras centren su mensaje en la conveniencia mientras que las oligarquías locales lo hacen en los valores.
Una sociedad aparentemente desencantada se pronuncia no sólo por lo que cree que es conveniente, sino también por lo que considera justo y bueno. En términos de Unamuno, el progresismo sanchopancesco va perdiendo batalla tras batalla contra la simulada fe quijotesca de los enemigos del pueblo. ¿Que es un engaño? Por supuesto. ¿Que es un fenómeno de falsa conciencia? Tiene usted razón. El árbitro no fue justo, el defensor se resbaló, la pelota picó justo en un hoyo, el nueve erró el penal, pero, ¿sabe qué?: lo que queríamos y necesitábamos era ganar el partido, no explicar por qué lo perdimos.
¿Es, entonces, un problema de palabras? Creemos que no. Es, como siempre, un problema de prácticas. En la Argentina una de las fuentes de consenso del actual gobierno se crea a partir de los casos de funcionarios corruptos del gobierno anterior que salen a la superficie, claro que integrando esas noticias a un discurso descalificador de todas las políticas anteriores que habían desacelerado la generación de desigualdad social.
Pero mientras nos quejamos de esa utilización de la información, muchas provincias argentinas gobernadas por la hoy oposición política, lo hacen a través de funcionarios conocidos por su corrupción. Mientras nos quejamos por la utilización que el gobierno neoliberal hace de algunos casos de corrupción, nadie se ha puesto a erradicar a los corruptos de sus propias estructuras. Se cree que el problema es lo que se dice, no lo que se hace. ¿Que el gobierno neoliberal también es corrupto? Amigo, dígame algo que no sepa. No es ese el punto, el punto es si creemos que tiene algún valor hacer las cosas bien y decir la verdad a la sociedad. En esta competencia de mentirosos vamos perdiendo.
Todavía nos pueden faltar algunas cucharadas de medicina para curarnos del “sentido común”. ¿Qué si Trump es el futuro presidente norteamericano? Muchas cosas pueden pasar aún hasta recomponer una propuesta basada en valores, aquellos con los que una sociedad se puede identificar. Pero, por favor, no le endilguen al pueblo colombiano votar en contra de la paz. Una parte entendió la necesidad de ratificar estos acuerdos de paz, otra parte entendió que este acuerdo de paz no iba a traer una paz verdadera. Todos se expresaron por la paz, de distinta manera. No otra cosa parecen decir los miles de colombianos que por estas horas inundan las calles y las plazas del país.
Página y media – nota escrita en Octubre 2016